Renacer

Cuando mi familia se redujo en uno, creció en cientos. La muerte de Carlos me cambio de maneras que ni siquiera imagino.

Reconozco que he entrenado a mis hijos para cambiar el mundo, cada uno por su lado, en Carlos alimente su gusto por la mitología y el mundo metafísico de símbolos, fomenté su espíritu científico y fui un observador respetuoso de su curiosidad por la magia. Lo entrenamos en talleres de participación ciudadana y aplicando encuestas desde los diez años. Nunca se olvidaba de darme su reporte urbano cuando venía a verme, y cuando vivía en CDMX, era mi oreja y ojos, en marchas y mítines, tomaba notas y me hacia reportes.

En él deposite el encargo generacional de cambiar el mundo, yo me sacudí la responsabilidad del cambio, porque no se pudo, mi generación no dio el ancho, pero lo crie para pasarle la estafeta, que me pasaron mis padres y viene de mis abuelos: "cambia el mundo".

Su cuerpo blanco y frio, borro todo futuro, su ausencia llenó todos los huecos y reventè. El pasado era un sueño y el futuro, insoportable. La inevitabilidad de su deceso quebró los ejes de mi alma, el tiempo se detuvo y todo brilla diferente. Frente a su cadáver recuerdo que días antes, vino un sacerdote por ser miércoles de cenizas y en mi cabeza resuena "renacer"

Su ausencia me reflejo una verdad evidente, con su muerte acababa su cometido en la tierra, no era Él quien cambiaría al mundo. Al fondo del dolor y después de mil abrazos (digitales y físicos) descubrí que  no cambio al mundo, pero me transformo a mi de maneras que apenas intuyo sin poder imaginarlas.

Su muerte me ha transformado, me ha roto tan a fondo que se llevo con él, al hombre que era. Mis creencias y mis futuros se borraron, mis emociones explotaron por tres días y renací, vivo asombrado de cada hoja y ya no veo necesidad de cambiar nada fuera de mí.


 

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